Transcurre el año 1977 y trabajo en una librería de la calle Corrientes. A partir de este momento los acontecimientos parecen precipitarse y cada hecho se desencadena como respondiendo a una lógica fantástica. Los nombres y los libros que aquí irán apareciendo comienzan a formar parte de una circulación extraña. Acaba de entrar a la librería Cecilia Absatz que viene a regalarme su libro Feiguele, que acaba de aparecer. Nunca nos hemos visto antes, pero al recibirlo tengo ganas de regalarle un libro mío. Me acerco a una de las mesas y tomo un ejemplar de Brillos. Esas manos de mujer casi reducidas a unos guantes verdes, la boca roja de la fiera borrosamente abierta que ilustra la tapa, parecen salir de ella para entrar decididamente en la anécdota.

