En un tono cercano al de los relatos de Recuerdos de un Callejón Sin Salida (libro que, por cierto, Yoshimoto estima entre los más íntimos y satisfactorios de su carrera), Sueño Profundo (Tusquets, 2006) se compone por tres relatos nocturnales: “Sueño profundo”, “La noche y los viajeros de la noche” y “Una experiencia”, en los que lo onírico, desde luego, cobra protagonismo dentro de la vida de mujeres jóvenes cuyo común denominador son estados de ánimo inconclusos, color sepia, alucinantes, fantasiosos y tremendamente arrolladores frente a los vacíos más arrogantes y sencillos de la experiencia humana. La depresión, como pleamar, el encaro de la muerte, embargos de amor, la traición, la soledad, la enfermedad, como fuentes de resistencia y búsquedas para encontrar calidez en trechos compartidos por todos, pero bifurcados, son temas a los que la sensibilidad de Yoshimoto nos acerca, como pequeños toques de luz o fracciones de sueños confortables en los que no es necesario hablar, porque el silencio (de la imaginación/lectura de reconocimiento) nos resguarda. Es el caso del método de los “sueños compartidos”, una peculiar red de prostitución, en la que sólo se ejerce el acompañamiento en el dormir. Entre espectros y tinieblas (médulas en la literatura japonesa, reconocimiento de lo ‘divino’), Yoshimoto infiere el lenguaje de la sorpresa teatral, el detonador del cambio de suerte de sus personajes, pues es a través de estos contactos entre lo, en apariencia, sobrenatural y lo humano que se resuelven las amargas tensiones de lo mórbido: … mi sueño es tan profundo que, en el instante de abrir los ojos, me parece haber vuelto de la muerte a la vida, tan profundo que a veces pienso que, si me contemplara desde fuera a mi misma durmiendo, quizá no vería más que un blanquísimo esqueleto. Por Zazil Collins @momalina
