El día comenzaba a clarear y Puerto Alonso era ya visible con sus casas amontonadas en la punta de la barranca, ya a su alrededor las zonas desforestadas. El batallón de Joana empezó a desembarcar para ir avanzando por el lado de la selva. Paixão llevaba sus hombres por el sur. A mi lado, Vaez examinaba la ciudad con los prismáticos y empezó a tartamudear que habíamos caído en una celada. Cogí los prismáticos y comprobé que una disciplinada tropa marchaba por la plaza, siguiendo los sones de una banda militar. Los uniformes eran oscuros, de corte europeo. No eran, evidentemente bolivianos. Pensé que podría ser un ejército de mercenarios a sueldo del Bolivian Syndicate (...) Eran las seis de la mañana cuando ordené el ataque a Puerto Alonso. El cerco se había completado en el tiempo previsto, y quise estar en la vanguardia con las tropas que desembarcaban a la carrera. Una avalancha de alcohólatras, bailarinas y de seringueros cearenses cayó sobre la plaza poniendo en desbandada vergonzosa a los mercenarios. En el campo quedaron las banderas, los estandartes, los instrumentos musicales de la banda. Habíamos conquistado el primer objetivo sin un solo disparo.


