Todo ocurrió en una noche fría de invierno, a finales de enero. Nubes de un gris sombrío coronaban la ciudad y la niebla hormigueaba por las calles. Nunca antes había visto el barrio de Doña Carlota con un aspecto tan lóbrego. Nunca los balcones de la casa donde he vivido toda mi vida habían ofrecido un aspecto tan desolador. Parado frente al exterior de aquel antiguo edificio, finalmente, la lluvia y el viento hicieron su aparición, disiparon la niebla y lo inundaron todo. Agarré con firmeza la pequeña maleta que portaba, aceleré el paso, y me interné en aquel solitario inmueble.