Lo que resuelve la contradicción, y al resolverla eleva ese drama a un nivel mucho más noble, muy por encima de la egoísta medra personal que constituye la vida insignificante del común de los mortales, es el ideal de servicio. Este ideal tiene un doble significado. El servicio representa todos aquellos valores tradicionales que unos pocos privilegiados que han aceptado el reto aprecian profundamente; y no los aprecian en razón de un principio abstracto, sino como la condición indispensable para la práctica eficaz de su arte o de su técnica.
La mayoría de las tristezas se asemejan a la enfermedad en el sentido de que también exacerban la sensación de singularidad. Toda frustración magnifica la diferencia que supone y, así, se alimenta a sí misma. En términos objetivos, es ilógico, puesto que en la sociedad en la que vivimos la frustración es mucho más común que la satisfacción, y la desdicha mucho más habitual que la felicidad. Pero no se trata de una comparación objetiva. Se trata de que uno no logra encontrar una confirmación de sí mismo en el mundo exterior. Y esa falta de confirmación termina conduciendo a una sensación de inutilidad, que es la esencia de la soledad, pues pese a todos los horrores de la historia, la existencia de otros hombres siempre promete la posibilidad de tener una meta. Cualquier ejemplo encierra un poco de esperanza. Pero la convicción de ser único, singular, destruye todos los ejemplos.
La tragedia fundamental de la condición humana es no saber. No saber lo que somos o por qué somos, no saberlo con seguridad. Pero esto no me hace más religioso. La religión no tiene la respuesta.
Así disfrazado y armado de antemano contra la decepción, puede volver a acercarse a la realidad con el objetivo, carente de toda comicidad, de dominarla, de comprenderla mejor.
La diferencia entre Sassall y el granjero es que a éste último le gustaría pasarse la vida volando y planeando alegremente, o por lo menos eso cree; mientras que Sassall, para seguir viviendo, necesita esa búsqueda nunca satisfecha de certeza y esa incómoda sensación de responsabilidad infinita.
No para de especular, de comprobar, de comparar. Cuanto más abierta es la cuestión, más le interesa.
Para poder pensar así, se ha de contar necesariamente con el derecho a teorizar y a generalizar. La teoría y las generalizaciones, sin embargo, pertenecen, por naturaleza, a las ciudades o a la lejana capital donde se toman siempre las grandes decisiones. Además, para llegar a tomar esas grandes decisiones, para establecer esas grandes teorías, uno tiene que viajar a fin de adquirir experiencia. Pero en la comarca de El bosque nadie viaja, de modo que nadie tiene el poder o los medios necesarios para teorizar. Son personas "prácticas".
...la idea errónea de que lo que esa gente no puede expresar siempre es simple porque ellos son simples. Mantenemos esa idea porque confirma una falsa sensación de ser sujetos articulados y porque nos evita pensar en esa convergencia extraordinariamente compleja de tradiciones filosóficas, sentimientos, ideas sólo comprendidas a medias, instintos atávicos y presentimientos que acompañan de alguna manera a la más sencilla de las esperanzas o de las decepciones de la persona más simple.
Es un lugar común decir que el tiempo empieza a pasar más rápido conforme envejecemos. Es una de esas observaciones que se suelen hacer con nostalgia. Pero casi nunca tenemos en cuenta el efecto contrario del mismo proceso: cómo afecta a los jóvenes y muy jóvenes el hecho de que el tiempo sea más largo para ellos. Los propios jóvenes pueden decir muy poco al respecto porque sólo tienen una pauta para juzgarlo cuando se hacen conscientes del cambio en el paso del tiempo, y para entonces es ya muy tarde para contar con unas pruebas directas. Si supiéramos cuán largo puede ser para un niño un día o cuán larga una noche, podríamos saber mucho más sobre la infancia. ¿Podría ser que la naturaleza profundamente formativa de las experiencias de la primera infancia no se deba sólo a la fuerza del impacto que suponen o a la huella que dejan (una fuerza que se mide por la fragilidad relativa del niño), sino también al hecho de que, conforme a la estimación del niño, esas experiencias duran mucho? En términos subjetivos, podría suceder que una infancia determinada fuera al menos tan larga como el resto de la vida. El fenómeno de los ancianos que, una vez que sus preocupaciones y actividades cotidianas han quedado reducidas al mínimo, no hacen sino recordar su infancia, cada vez más y cada vez con mayor claridad, podría ser una confirmación de ello: subjetivamente, su infancia tal vez constituya la mayor parte de su vida.
Una de las fantasías más generalizadas entre los adultos es creer que hay segundas oportunidades. Los niños, a no ser que los adultos los convenzan o los sobornen, saben que no existen. La forma en la que necesariamente se entregan a la experiencia imposibilita que puedan considerar esa idea. En los adultos, la creencia en las segundas oportunidades constituye una doble barrera contra la experiencia. Conforme a ella, no sólo todo el mundo cuenta con innumerables segundas oportunidades, sino que además se diluye, cuando no se destruye, el carácter único de cada acontecimiento. De modo que según pasa el tiempo, o más bien deja de pasar, empezamos a pensar, no sin cierta vacilación, que conocemos el mundo y, basándonos en acontecimientos pasados, nos atrevemos a proponer que el mundo nos debe algo. Los niños no necesitan este tipo de protección.
Y, sin embargo, aunque volvamos a sufrir como niños, no somos niños.
¿Merecen sus pacientes la vida que tienen o se merecerían algo mejor?¿Son todo lo que podrían ser o son objeto de una continua depreciación de sus personas?¿Se les ofrece la oportunidad de desarrollar las potencialidades que él ha observado en ellos en ciertos momentos?¿No habrá alguno que secretamente desee vivir en un sentido que es imposible dadas las condiciones de su vida real y, ante esta imposibilidad, desee secretamente la muerte?
Sassall es de la opinión de que la adversidad templa el carácter. Pero ¿se le puede llamar adversidad a moverse a tientas, cuando no a ciegas, por un terreno que linda con la infelicidad?
¿Cuál es la causa del aburrimiento?¿No es el aburrimiento ni más ni menos que la sensación de que nuestras facultades se van muriendo lentamente?¿Por qué tienen más virtudes que talentos?¿Quién puede negar que las sociedades culturalmente deprimidas ofrecen menos posibilidades de sublimación que aquellas que cuentan con un alto nivel cultural?
Puede argumentar que sus pacientes son en algunos aspectos más afortunados que la mayor parte del mundo. Pero mucho más relevante es que sabe que, en comparación con lo que podrían ser -de haber recibido mejor educación, de contar con mejores servicios sociales, mejores trabajos, mejores oportunidades culturales-, son desafortunados.
Pero cuanto más piensa en educarlos -conforme a las demandas de sus mentes y de sus cuerpos antes de que se resignen, antes de que acepten la vida que han encontrado- más tiene que preguntarse: ¿con qué derecho hago esto? No está claro que esa educación vaya a hacerlos más felices socialmente.
El mínimo que prevén no es sólo económico, ni siquiera es principalmente económico: hoy el mínimo puede incluir un coche. Es sobre todo un mínimo intelectual, emocional y espiritual. Ese mínimo casi vacía de significado conceptos tales como Renovación, Cambio Súbito, Pasión, Goce, Tragedia, Comprensión. Reduce el sexo a una necesidad pasajera; el esfuerzo, a lo necesario a fin de mantener el statu quo; el amor, al cariño; el consuelo, a la familiaridad.
No afirmo saber cuánto vale la vida de una persona: no se puede responder con palabras a esta cuestión, sino sólo con obras, con la creación de una sociedad más humana.
Lo único que sé es que la sociedad actual desaprovecha y, al hacer prevalecer la hipocresía, vacía la mayoría de las vidas que no destruye.
"Siempre que algo me recuerda la muerte -y esto me sucede todos los días-, pienso en la mía propia, y esto me hace trabajar aún más".